| <<- Indice relatos | Una sola noche contigo | |
|
Disfruta de excitantes relatos caseros, videos y chat con chicas guarras. Nenas amateurs con webcams a tus ordenes.
Realiza tus fantasias mas calientes con nuestras webcammmers, descarga videos porno amateurs de calidad al instante.
Tias buenas guarras y dispuestas a todo. Divierteté con las zorritas más hermosas
Culitos dilatados y penetrados hasta el fondo, desgarros anales y placer al límite.
Prometieron fidelidad y no cumplieron, exnovias putas fotografiadas mientras follan.
+ PELICULAS COMPLETAS DE SEXO AMATEUR |
Ya han pasado unos meses desde nuestro encuentro. Hemos perdido el contacto, porque me apartaste de ti, porque no quise seguir sabiendo de ti… Hubo unos días en que me asaltaban las dudas, quería comprender todo lo que había experimentado contigo. Después cambié el chip y ya no parecía estar interesada en desenmarañar la intriga, ese juego hasta diría que perverso que se dio entre nosotros especialmente después de tener sexo, ese estancamiento que me impulsaba hacia ti a la vez que me provocaba hastío o incluso rencor. No, no te guardo rencor. Y sí, sí que querría saber qué pasó en realidad, qué te pasaba a ti conmigo si es que hay algo que resaltar. Pero ya es tarde. Decidí enterrar lo que fuera que me despertaras, y tú lo esperabas, o no te importó o no supiste hacerlo mejor. El caso es que, si me pongo a recordar la noche que pasamos juntos, la manera en que me trataste, cómo te desenvolviste conmigo, me cuesta cuadrar el posterior desdén. Intuyo que no todo fue así, también hubo tímidos intentos de acercarte a mí; creo que no lo tenías tan claro. Recuerdo que antes pasamos meses chateando con curiosidad maquillada de indiferencia, con mensajes entrecortados, con posibles interpretaciones, y sobre todo con falta de movilidad, de impulso, de iniciativa… Yo era así años atrás, y contigo he probado mi propia medicina. Pero hubo, después de meses sin vernos, chateando tras habernos conocido una tarde de verano, un día en que despejé las barreras, que te pasé mi teléfono, que di un paso más sin decirte lo que quería. Tú me llamaste y tampoco fuiste claro, si bien no olvidaré que me invitaste a conocer tu casa y, aunque no era necesario que la conociera y yo bromeé al respecto, me dijiste: “quiero que vengas”. Esas palabras me calaron hondo, tu timbre de voz, tu repentina confesión de cierto, por pequeño que fuera, interés hacia mí, me conmovió. Y ya sabes el resto, sabes que acudí aunque no fue fácil concretar nuestro encuentro, y eso me hacía dudar de tus intenciones, pero una parte de mí creía conocerte, creía haberse dado cuenta de que te hacías el interesante, de que jugabas un poco conmigo. Aun así llegué casi exhausta, sin saber si la atracción que sentía, si la química que recordaba que me despertabas, se iba a manifestar al verte. Y en un primer momento creí que no. El inicio de la velada fue entre un poco ridículo y casi penoso, diría yo, así que hubo un momento, o dos, en que decidí irme. En el fondo no quería hacerlo, tal vez estábamos probando fuerzas… Ahí volviste a demostrar cierto interés, yo sentí un poco de la chispa primigenia, y entonces me quedé. Hablamos mucho. Era algo que solíamos hacer. Pero esa noche creo que ninguno de los dos quería hablar tanto, queríamos ver qué nos pasaba, queríamos dejarnos llevar. Tú empezaste a insinuar lo que deseabas, con mucha dificultad aunque con mucha intencionalidad. Es decir, era imposible no darse cuenta de que querías cogerme. Buscabas las palabras y no las encontrabas, pero dentro de esa timidez y de esa torpeza no dejabas de ser el seductor que había conocido y que ya se había manifestado en diferentes ocasiones. Tu mirada tenía un efecto especial en mí, y tu sonrisa al unísono con tu mirada me resultaba completamente irresistible. Así que con unas pocas miradas de tus ojos verdes, brillantes, y unas pocas sonrisas, ya me había olvidado transitoriamente de lo poco conveniente que era tener algo contigo. En algún cruce de miradas sentía que me repasabas, y que querías que me diese cuenta de eso. Yo te vacilaba un poco, con cierta ambigüedad, no sé si te lo puse fácil, te insistía en que fueses más claro y más determinante… Te cubriste con una manta, y me cubriste a mí también, preparando el terreno pero manteniendo la distancia. A esas alturas ya la curiosidad se había hecho patente en mí, ya no quería marcharme sin probarte. Me pareciste muy guapo cuando te conocí. Estabas muy moreno e increíblemente sexy. Esa noche de invierno estabas más blanco que yo, tal vez más delgado, y te veía muy alto como para mí, pero te seguía encontrando muy atractivo, y esa atracción fue dando paso al deseo, descarado ya y sin los prejuicios del comienzo de la noche, y al cabo de un rato simplemente te dije “vení”. Empezamos a besarnos como dos adolescentes. Me gustaba, no siempre que te besas con alguien te gusta. Sin embargo, no me sentía ni poseída por la situación, ni abducida, ni notaba nada tan fuerte. Era el comienzo, estabas tímido, tanteando, y yo también. Me propusiste que nos pusiéramos más cómodos. Me quité las botas, y aún no sé por qué me ofreciste ayuda, ya que no me resultó tan difícil… Me recosté en tu cama y tú te montaste encima, pero con calidez, con suavidad. Seguíamos besándonos y poco a poco empezaste a soltarte más, a recorrer mi cuerpo con tus caricias, buscando mis curvas, haciendo subir mi temperatura corporal. Tal vez te quitaste la camiseta blanca que llevabas…, no recuerdo bien este pasaje de la historia, ni si me quitaste el sujetador en ese instante o un poco más tarde -aunque todavía llevaba los tejanos azules de tubo puestos y probablemente tú los pantalones negros-. Se nos desprendió una tabla del somier y acabamos torpemente en el suelo. No fue un problema, tú ya estabas más desenvuelto, cómodo conmigo -aunque no diría que del todo, ni yo tampoco-, y te apresuraste a colocar el colchón en el suelo a un lado de la cama, y otra vez quedé yo abajo y tú arriba. Ahora sí que empezamos a desvestirnos, tú seguías ayudándome o queriendo ayudarme. Y entre besos -todo el tiempo hubo muchos besos, ternura y sensibilidad que en cierto modo me desconcertaba: me gustaba pero me asustaba un poco, ya que no se trataba de eso, pensaba yo; era un encuentro entre dos personas que se atraían, que no podría tener continuidad o no convendría por mi condición de mujer casada-, repito, entre besos te incorporaste un poco y me acercaste, como si fuera una ofrenda mística, tu polla desnuda y erecta. Te miré, o dije algo, no recuerdo, a lo que reaccionaste con una sugerencia: “¿qué decís?”; me divirtió tu forma de preguntar y me la metí en la boca. Pero sólo unos segundos, porque no quedaba en una postura cómoda y porque seguía sintiendo reservas hacia ciertas prácticas con alguien casi desconocido, aunque ya éramos casi amigos… No pareció preocuparte el hecho de que parara y no sabría decir si ya lo habías hecho antes, pero recuerdo que empezaste a besarme los pechos, a chupármelos y recorrerlos sin contemplaciones, a succionar hasta el punto de causarme un leve dolor…; no me importaba, no quería que pararas. Me preguntaste si bajabas, para chuparme el coño que en ese momento ya estaba chorreando, calentito. Yo te pedí que siguieras haciendo lo que estabas haciendo. No sé si pensaste que no quería sexo oral, porque ya no volviste a intentarlo, pero sé que me volvías loca con tu manera de estirar de mis pezones y necesitaba que continuaras haciéndolo. No podría decir cuánto rato transcurrió hasta que te propuse que te pusieras el condón porque estaba deseando que me la clavaras. Tenía los preservativos en mi bolso, así que nos incorporamos, y recuerdo que cuando estabas a punto de ponerte el condón, te sonreí y me metí tu polla en la boca. Quería volver a probarla, y quería animarte más, si bien no creo que necesitaras estímulo extra porque podía notar tu excitación, tu devoción por mi cuerpo. Tu forma de deleitarte con mis pechos, de gran tamaño, de besarme en el abdomen, de buscar el contacto de mi piel con tus labios, me hacía ganar confianza y tal vez por eso quería darte más. Cuando la tuve dentro tocando mi paladar, ya en la oscuridad la había observado y me gustaba su forma, su textura también, empecé a percibir cómo crecía, cómo se engordaba inevitablemente, libre y dejándose llevar. Con mi lengua noté la vena, a punto de explotar, irrigando el palo, preparándolo para asestar. Y así fue cómo abandoné la idea de chupártela, para que te pusieras el preservativo de una vez por todas y me la metieras antes de que pudiera siquiera pensar. Como inciso recuerdo algo que tal vez ocurrió antes o tal vez en este orden: me estimulaste el coño -depilado dejando sólo una tira que enmarcaba los labios-, me acariciaste, hundiste algún dedo… Me llené de líquido aún más. No podía disimular, ni prentendía, la excitación, pero pensé que no era la manera en que alcanzaría un orgasmo. Sutilmente te hice desistir y creo que fue entonces cuando me propusiste encender la lámpara de la mesilla de noche y que me masturbara para que pudieras ver lo que me gustaba. Yo no acepté. Esa luz daba directo en los ojos y… Probablemente fue un error porque lo habría disfrutado. Creo que me pudo el reparo, no sabría decirte por qué me inhibí de ese modo. Insisto que puede haberse alterado un poco el orden, pero aproximadamente ocurrió así. En cierto momento que se dio de forma muy natural me penetraste, en la postura del misionero, siempre. Así fue cómo lo hiciste, y parecía ser tu lugar, sin molestias, sin dificultad… Yo poco después elevé mis piernas y te rodeé la zona baja de tu espalda. Tú me abrazabas, me estrechabas, me apretabas las manos, me rodeabas con tus brazos y recorrías mi cuerpo con dulzura a la vez que pasión. Yo también hacía lo propio. Te acariciaba y seguía convencida de lo atractivo que eras para mí. Te entretuviste un rato con mi culito y coqueteaste con la fantasía de meterme algún dedo, pero no lo hiciste. Yo estaba tan cachonda que seguramente no habría puesto pega alguna; me percaté de que jugabas con mi zona anal y no podía dejar de sentir placer por todo lo que estaba sucediendo. Pasados un rato empezaste a mecerte dentro de mí, a mover las caderas de un lado a otro más que de forma vertical como al principio, y empalagado, cargado, te corriste entre gemidos que llegaban a mi oído. Poco tardé en decir algo, y me contestaste que no estabas, que estabas en “otro estado”. Pero faltaba yo, y lo sabías, y me preguntaste qué hacíamos, y yo empecé a acariciarme, porque ya estaba muy cerca de tener un orgasmo, y te pedí que volvieras a chuparme las tetas. Te dije que me encantaba cómo lo habías hecho, y esa observación te motivó, te lanzaste a por ellas con deseo y energía renovada, y yo te agarré la cabeza, pasé mis dedos entre tu pelo, mientras te hundía entre mis pechos queriendo detener el tiempo. Me pareció que la situación te excitaba, así que me acerqué con la otra mano, la izquierda, a tu polla, aún con el preservativo puesto y a medio erguir. No descansaba del todo cuando la rodeé, y fue casi inmediato que te pusieras al palo otra vez, y casi desesperado te empezaste a pajear sin terminar de quitarte el látex y embadurnando tu mano y la mía, que yo aún mantenía sobre la base de tu verga, del semen que habías encapsulado unos minutos atrás. No recuerdo cuál de nosotros se corrió antes, pero fue en una franja de tiempo muy corta entre los dos. Te quedaste un poco preocupado de que yo llegara una vez y tú dos. Te tranquilicé y te dije que me había gustado mucho. Era cierto. Y no recuerdo bien por qué te dije que a mí me costaba, quería decir con la penetración según en qué postura, o con la estimulación que me habías hecho al principio, pero no me refería a que tuviera un problema. No lo expliqué bien y no sé qué entendiste, pero me habría gustado continuar un rato después, tal vez. Además, a pesar de haberme corrido, sabía que había mucho potencial entre tú y yo como para alcanzar un orgasmo épico, de enormes dimensiones. No sentía que toda la excitación que había crecido en mí se hubiera focalizado en ese clímax. O quizá esperaba recibir un orgasmo de tu mano o de tu polla… Sin embargo, nos pusimos a conversar, abrazados, tú me achuchabas y me apretabas las manos con nerviosismo, como centrifugándolas, y me preguntabas cosas, inseguro, sobre lo que pensaba de ti o pensaba en ese momento… Me recordaste a cómo era yo muchos años atrás, no en la treintena como ahora, sino en la adolescencia, con un tipo que era unos años mayor y me vacilaba como quería. Tú tienes cuatro años menos y puede que eso te hiciera sentir más inseguridad, o el hecho de que yo tuviera pareja… La verdad que no sé si llegaste a percibir cómo me entregué a ti esa noche y cómo levitaba en una nube, dentro de ella, en la que no distinguía ni la música que estábamos escuchando. Poco antes de incorporarme para vestirme y marcharme, te besé, y durante ese beso que nos dimos, entre abrazos, cuerpo a cuerpo, me estremecí, sentí el típico cosquilleo, o mariposeo, que todo el mundo anhela en el comienzo de una relación o cuando empieza algo con alguien. No siempre se da, y no sé si tú llegaste a sentirlo conmigo, sí sé que yo lo experimenté contigo. Antes de irme, ese rato que pasamos juntos, te miraba a los ojos. No me cansaba de observarte y de acariciarte el pecho desnudo, jugando con tu cadena, la cruz en tu pecho, rozando con las yemas de mis dedos tus pezones, subiendo y bajando como si estuviese aprendiendo braile al tacto con tu piel. Tú me mirabas con ternura, y te sentía muy cercano. Y si hubiera sabido en ese momento que nuestro destino inexorable era no repetir tal evento, era complicarnos hasta el límite de dejarlo pasar, si hubiese tomado conciencia de cómo me movilizaste algo interior y de cómo sentí la magia entre tu desnudez y la mía, tal vez te habría comido a besos durante horas o te habría exprimido hasta secarte, dejándote sin reservas durante varios días, sin posibilidad de pensar en mí o en culaquier otra ni de hacerte siquiera una paja. Pero en esas situaciones quizá no se piensa tanto, se vive, y es lo que lo hace mágico, menos racional y más emotivo. Así que no, no pude pensar en el futuro, o mejor dicho en la falta de futuro entre los dos, sólo vivía el momento, irrepetible. Y aunque lo más sensato fue dejar las cosas así, desde siempre lo supe, reconozco que me quedé con las ganas de saber si todo ese potencial que sentí se habría podido explotar al máximo y morirnos juntos, en un sentido figurado, claro, estremeciéndonos y resucitando con placer. Conoce ahora a las chicas amateurs ms cachondas de la red. |
|
| <<- Indice relatos | ||
|
Todos los videos, fotos y salas de videochat que aqui se exponen son referentes a mujeres mayores de edad. Nuestros contenidos eroticos y de sexo explicito solo son aptos para MAYORES DE EDAD. Si nuestros contenidos no son de tu agrado o no tienes la mayoria de edad debes salir de esta web. SALIR. |